Carta de Navidad 2009
Queridos hermanos:
¡Aleluya! ¡Dios ha nacido!.
Esta exclamación, nada ni nadie la puede acallar. Lo esperado desde siglos se hace realidad en
Jesús. Y hoy, hermanos, este gran
acontecimiento nos ha puesto en pie.
¡Esto es la Navidad!
También nosotros, como los pastores, hemos escuchado y
sentido el anuncio del ángel: “Hoy en Belén os ha nacido el Salvador”. Y ¿cúal ha sido nuestra reacción? ¡La que tenía
que ser! ¡Nos hemos pueso en movimiento!
Hemos dejado todo en lo que estábamos entretenidos porque el Rey de
Reyes merece nuestra cercanía, nuestra oración y nuestra acogida. La estrella luce; los pastores ofrecen, los
reyes adoran, Herodes rabia… y nosotros, para no ser menos, brillamos con la
luz de la fe y la caridad, ofrecemos lo que somos y adoramos a Jesús conscientes
de que sólo Él nos puede sostener.
Vivir y celebrar la Navidad es prolongar en el tiempo y en
el espacio lo que en Belén se hizo prodigio, milagro, humildad y salvación:
Dios en medio de nosotros. Asomarnos
junto al portal es agradecer a Dios el hecho de que sigue apostando por el
hombre, de que sigue confiando en nosotros.
Contemplar el Misterio es dejarse impresionar por el amor
gigantesco de Dios. Belén, en Navidad,
tiene sabor a fraternidad. En Belén, los
seres humanos se dan la paz. Y en Belén, al abrazarnos con Dios no hacemos otra
cosa que, en su pobreza, enriquecernos con todo lo bueno que Dios tiene, con
todo lo bueno que Él nos da. Al
contemplar su pobreza, purificamos nuestra arrogancia. Al percibir su humildad, bajará nuestro
orgullo. Al envolvernos en su amor, hará
más auténticas y radicales nuestras energías. Y, al sentir su alegría, nuestra
felicidad dejará de ser una máscara.
Si Dios, siendo rico, se hace pobre por nosotros, algo debe
existir en nuestra vida ordinaria que no gusta a Dios. Algo que necesita ser recuperado, elevado, y
dignificado. La Navidad es la gran
riqueza que Dios pone en medio de un mundo que, en el fondo, es pobre y mendigo
de un amor auténtico. Como los pastores,
hemos creído las palabras del Ángel. Y
estas palabras nos han producido una inmensa alegría, una profunda emoción:
todos nos sentimos un poco niños en el día de Navidad.
En Navidad, Dios nos deja sin argumentos. Queríamos p`ruebas de su amor y se hace uno
de nosotros. Nos quejábamos de su
lejanía, y se deja besar y contemplar en un Niño. ¿Puede hacer más Aquel que no tenía necesidad
de tanto? Pues aún así, a algunos les
parecerá poco o nada. Seguirán
embelesados y perdidos con sus dioese.
Mirando a la luna o extasiándose con el sol. Aquello de “vino a los suyos y los suyos no
le recibieron” vuelve a repetirse en los corazones obstinados. En las personas que se dejan seducir por lo
inmediato y son incapaces de abrirse al Misterio.
¡Bendita sea la
Navidad! ¿Por qué Dios, pudiendo haber venido en séquito real, lo hizo en
humilde pesebre? ¡Bendita sea la Navidad! ¿Por qué Dios, que lo tenía todo, se
decidió a perderlo todo? ¡Bendita sea la
Navidad! ¿Por qué Dios,
teniéndolo todo, prefirió presentarse sin
nada? ¡Bendita sea la Navidad! Ya
que el hombre olvida y no mira a Dios, Dios –que mira mucho por el hombre- sale
a nuestro encuentro para que no olvidemos que camina y vive junto a nosotros.
Queridos hermanos: la Navidad de este año está envuelta en
el oscuro manto de la crisis económica.
Esta situación, grave para muchos, no puede dejarnos indiferentes. Después de un breve recorrido por la
experiencia de la Navidad os invito a celbrarla desde la perspectiva de la
humildad y sencillez vivida con gozo en el hoy de un mundo donde abunda la pobreza
y el deterioro de la creación nos reta.
Tratar de vivir los valore que nos ha transmitido el Hno. Isidoro:
acogida gozosa de la Palabra, agradecimiento por todos los bienes que recibimos
de Dios, cercanía y servicio a nuestros asistidos, relaciones sinceras con los
hermanos de fraternidad, encuentro con Dios en lo sencillo y pequeño de la
vida. Serán sin duda la mejor manera de
celebrar la gran noticia del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús nacido en
Beolén, y el mejor testimonio que podemos dar
de esa buena y gran alegría a nuestro mundo, profundamente necesitado de
ella.
Entra maderas vino el amor de dios al munod, y entre maderas
marchará el amor de Jesús de este mundo.
Eso si, a los pies de esas cuatro tablas –tanto en el pesebre como en la
cruz- estuvo y está quien sabe siempre estar y esperar: MARÍA.
Que ella, la que ha hecho posible esta Navidad, nos ayude a
acercarnos al pesebre para ver al recién nacido. Que nos ayude a reflexionar sobre el sentido
de estos días. Que nos empuje apara
beber en la fuente del amor que es Belén.
Que, como Madre, nos siente en su regazo y nos rescate de la
indiferencia, del egoísmo y tantos obstáculos que nos impiden abrirnos a dios y
a los demás.
A todos vosotros, mis queridos hermanos, os deseo una
celebración sencilla, gozosa y solidaria del Nacimiento del Señor, y que su
Espíritu nos mantenga la pasión por Dios y por la humanidad en el 2010.
Hno. Miguel López Nacarino
Superior General