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D. JAVIER OSÉS FAMARIQUE
Testamento espiritual
Queridos diocesanos y diocesanas:
Voy a compartir con vosotros este testamento, que quiere ser reflejo de mis principales vivencias personales durante estos 32 años de ministerio episcopal, de mis deseos predominantes para con vosotros. Quiero que sea para mi una síntesis de lo que mi libertad y voluntad me señalan en este momento.
Lo llamo testamento espiritual, no como algo opuesto a lo material o humano, porque la vida auténtica incluye para el cristiano también la vida divina, que tiene su desarrollo en la humana.
Y lo llamo espiritual en el sentido de que quiere reflejar lo que el Espíritu Santo ha obrado y obra en nuestra Iglesia, y porque quiero que sea reflejo, lo más fiel posible, de mi última voluntad antes del final de mi trabajo pastoral como Obispo de Huesca.
Este testamento es un recorrido, no simplemente una presentación del momento actual, sino que quiere ser la historia que Dios ha ido realizando y en la que estamos implicados Diócesis y Obispo, con nuestras luces y sombras, avances y retrocesos, y con la mirada puesta en el futuro.
Debo comenzar dando gracias a Dios, al que contemplo como Creador de todo lo bueno, lo obrado por Él y lo realizado por Él a través de nosotros, porque Dios ha sido y es el principal artífice en nuestra comunidad y vida diocesana.
Personalmente doy gracias a Dios por haber conocido la revelación del Padre, por haberla cultivado durante tantos años, por haber participado de la gracia vivificante de Jesucristo y por haber experimentado continuamente la acción del Espíritu.
Como resumen de esta gracia de Dios, quiero destacar el ser su hijo por el Bautismo; el haber recibido la vocación al sacerdocio, el haber sido llamado un día por la Iglesia a la participación en el ministerio apostólico en esta Diócesis de Huesca.
Agradezco los 32 años de este ministerio como una especial gracia de Dios, no sólo permanente, sino creciente. Mi vinculación con la Iglesia de Huesca ha ido madurando y en la Comunidad Diocesana he experimentado cada día la cercanía y llamadas de Dios, las demandas de los hermanos de Huesca en la fe, y el incremento de los vínculos de comunión entre nosotros.
Agradezco los 32 años en esta diócesis con el tiempo histórico que incluye, tan rico y tan variado, y con las dificultades y tensiones que se han convertido en llamadas de Dios, y todo ello porque Dios está a nuestro lado, y vosotros habéis sido la mejor garantía de esta cercanía.
Con el final de mi vida pastoral termina un periodo de la Iglesia Diocesana.
El Espíritu que la dirige como alma y vida permanece, para que nuestra parte siga sin desfallecer en el cumplimiento de la misión.
Agradezco de corazón vuestra acogida personal y comunitaria durante estos 32 años, acogida que la he experimentado como creciente, y que se concreta en una mayor comunicación de vida entre vosotros y yo.
No puedo gloriarme de haber sido un personaje especial, sino que todo ha sido realidad conjunta de vosotros y de mi trabajo. Cada uno con su distinto carisma, cualidades e ilusión.
Todos los aspectos que sean positivos en la vida diocesana, son nuestros, de la Comunidad; igualmente losfallos son responsabilidad de todos, aunque no quiero esquivar mi responsabilidad especial e inalienable, aneja al ministerio episcopal.
He trabajado con entrega y constancia en el ministerio. Soy consciente, y más en este momento, de mis muchas limitaciones y debilidades personales que han sido obstáculo para que en la diócesis hubiésemos desarrollado otras demandas que Dios y Iglesia nos pedían:
La de no haber contado siempre con Dios como protagonista principal y con todos vosotros.
La de identificar a veces organización con crecimiento del Reino.
La de fomentar el convencimiento de que algunas ocasiones no era posible un cambio necesario, que hubiera producido un fruto mejor.
La de poner mi apoyo en mí mismo, en vez de encontrar en Dios todo fundamento para la esperanza.
También quiero reconocer la limitación de no haber dedicado más tiempo a rezar, pensar y madurar algunas decisiones diocesanas importantes.
La de sentir a veces excesiva satisfacción porque algunas acciones diocesanas habían resultado humanamente bien, sin pensar en el juicio que merecían para Dios.
La de no haber llegado a un discernimiento más profundo de que lo que veíamos como bueno no lo era tanto a los ojos de Dios, y lo que resultaba para nosotros fracaso era una llamada de Dios a la humildad y a la confianza en Él, y a abrazar la Cruz.
En todo caso, y a estas alturas, todo es motivo para dar gracias a Dios, porque donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, y mirar con esperanza al futuro, un futuro que será con un nuevo Obispo y con una acción renovada por parte del Espíritu, que jamás se repite, sino que seguirá orientando hacia nuevas metas.
Mi agradecimiento es para todos:
Hay personas en la Diócesis que por la cercanía, en virtud de la responsabilidad recibida, y por la confianza que me han demostrado, merecen mi especial agradecimiento.
Citaría en primer lugar a los sacerdotes, con los que el Obispo tiene una especial vinculación en virtud de la participación en el mismo orden sacramental, a todos y cada uno mi sincera acción de gracias y la renovación personal de mi amistad y, entre los sacerdotes, merecen especial recuerdo los distintos Vicarios, quienes cada día han sido mi brazo derecho en el trabajo diocesano.
A los religiosos y religiosas por el carisma que aportan a la Diócesis y por la disponibilidad demostrada en el trabajo conjunto con todos los diocesanos.
Merecen especial mención los ancianos, los enfermos y otras personas cuya tarea principal, aunque anónima, se resume en su oración y sacrificio.
Tengamos un recuerdo especial para nuestros niños que alegran la sociedad y la iglesia y son esperanza del futuro.
A los numerosos grupos de laicos y laicas que por su vocación cristiana han sabido estar a la altura de los cambios actuales, hasta lograr encontrar sus compromisos en la transformación de la sociedad. La Iglesia es Iglesia de laicos, y no solamente iglesia con laicos. Esta comprensión de Iglesia la han asumido bastantes grupos, pero queda abierto un mar de posibilidades. Para todos y cada uno mi agradecimiento.
No quiero que falte mi recuerdo para Las personas de toda edad y condición que sin ser creyentes, o perteneciendo a otras religiones, dan ejemplo dehonradez, trabajan por el bien de los demás, y son fieles a su conciencia. Para ellos también mi agradecimiento.
Ahora una pregunta clave:
¿Cómo debemos ser y qué debemos hacer para que nuestra Iglesia Diocesana sea una iglesia evangelizadora?
Esta cuestión debe ser revisión del pasado, toma de conciencia del presente, y el proyecto del futuro.
Comenzaría recogiendo la palabra perenne que nos dijo el Señor:
El Padre me ha ungido y enviado al mundo para evangelizar a los pobres.
Amaos los unos a los otros como yo os he amado.
Estas dos expresiones resumen lo que debemos ser y hacer. Porque Jesús nos ha llamado, no sólo para estar con ÉL, sino para ser como ÉL, y con ÉL cumplir hoy la misión evangelizadora en el mundo.
Recordad las veces que hemos repetido, recogiendo textos pontificios de primer orden, que sólo una Iglesia evangelizada puede ser evangelizadora, es decir, que sólo una Iglesia en la que la Comunidad y los miembros aceptan la Buena Noticia que es ante todo Cristo en persona, es capaz de evangelizar; de ahí que, a la hora de la evangelización, la referencia viva es la Persona de Jesús, antes que cualquier pedagogía o enseñanza.
Sentirnos llamados a la evangelización equivale a vivir en el espíritu de Cristo, para siempre con ÉL.
El campo de la evangelización es el mundo. Nosotros mismos, siempre hemos de estar en un proceso de ser evangelizados, y nuestro mundo, destinatario de la evangelización, experimenta más que nunca la necesidad de la Buena Noticia de la salvación.
En esta tarea se debe resumir el esfuerzo nuestra iglesia. Esa es nuestra misión y la justificación de que somos Iglesia de Jesús.
Hemos de contemplar también los numerosos campos para la acción evangelizadora. No podemos contentarnos con acciones aisladas, aunque lleven cierto sello evangelizador. Debemos ir identificándonos con el nuevo modo de ser iglesia que nos reclama la propia Comunidad Cristiana y que nos exige el mundo.
Abiertos en todo caso a este mundo, que también nos ayuda a evangelizar, sabremos descubrir los valores que encierran las llamadas que nos hace, y participar del convencimiento de que el propio mundo, de muy distintas maneras, también nos evangeliza.
Este es el programa que ha querido redescubrir nuestra Iglesia Diocesana, y en él estamos empeñados.
Este es el programa de Cristo que sigue siendo el primer evangelizador.
La acogida al nuevo Obispo
Hablar de mi jubilación, es pensar ya en mi sucesor, en el que será el nuevo Obispo de la Diócesis de Huesca, nombrado por el Papa.
Decir obispo de la Diócesis, no es solamente citar a un miembro importante de la Comunidad Cristiana, en la que todos somos importantes y necesarios. El Obispo es la representación viva y plena de Jesucristo, el que por la consagración Episcopal actúa haciendo las veces de Jesús, y la posibilidad auténtica de ANUNCIAR EL EVANGELIO, CELEBRAR EL MISTERIO DE CRISTO Y TESTIMONIAR LA CARIDAD.
Teniendo siempre presente que Dios obra a través de las personas y en mediaciones humanas, el Obispo es una persona, aunque revestido por el Espíritu con el don del ministerio apostólico.
Pensar en el Obispo, esperando de él ante todo y sobre todo unas cualidades humanas, sería olvidar que el Obispo es antes que nada enviado de Dios, y desde este prisma hemos de comprender también todas sus cualidades y limitaciones de ser la principal representación de Cristo; lo hemos de acoger como a Cristo mismo, lo cual supone de nuestra parte una actitud activa, para que desde el primer momento se inicie la vinculación y comunión entre Obispo y diocesanos.
Al principio todo será bastante desconocido para él y para vosotros en relación con él. Pero este desconocimiento se debe convertir en Comunión, porque el Obispo será Cristo que sale a nuestro encuentro y nosotros también, su Comunidad, su cuerpo, nos uniremos cada vez más estrechamente a él.
Acogerlo quiere decir que queremos ayudarle para que nos conozca, conozca nuestra realidad y descubra que ante todo queremos ser iglesia de Señor.
El obispo es una persona como nosotros, y no debemos dedicamos tanto a adivinar las cualidades o querer descubrir sus limitaciones, cuanto a aceptarlo como es, para ser auténtica comunidad de Jesús.
Hagamos fáciles nuestros encuentros con él. Le informemos sin adulaciones y que perciba que, más que esperar a alguien excepcional que resuelva nuestros problemas, queremos un hermano en la fe con quien compartirlos y caminar juntos.
Queremos acoger y cultivar con mimo la historia positiva de la Diócesis, para con él potenciarla. Queremos ser sinceros y conscientes de las limitaciones y fallos, para afrontar el futuro con una nueva esperanza.
La acogida al Obispo supone un cambio también en todos y cada uno de nosotros.
No podemos quedamos en actitud de simple espectador a ver qué dice, o a ver qué hace, sino vivir con sinceridad un encuentro nuevo con el nuevo Obispo, para un futuro renovado de nuestra Diócesis.
Yo, por mi parte, aunque tenga que dejar el ministerio activo en la diócesis le ayudaré con toda mi alma, queriendo ser sincero con él y respetando su libertad, evitando todo lo que puede ser personalismo por mi parte.
Y también a partir de ese momento seré igual que vosotros, de los que reza cada día por el nuevo Obispo. Me alegrará el que con vuestra acogida se sienta estimulado día a día.
Dentro de esta acogida quisiera concretar el papel complementario de sacerdotes religiosos, religiosas y seglares:
Los sacerdotes, acercaos con toda libertad a él, haciendo esfuerzos por vuestra parte, para llegar también a una verdadera amistad: ayudadle, porque tenéis experiencia más que nadie, y conocéis la realidad y necesidades de la Diócesis.
A los religiosos y religiosas pediría que, si el Obispo es el que debe discernir los carismas, facilitéis por vuestra parte cuál es el vuestro; que os encuentre siempre disponibles, porque vuestra vocación es ser testigos vivos del Evangelio, en una Iglesia y en un mundo que demandan vuestro testimonio
A los seglares, que sois la inmensa mayoría de la Comunidad, os diría que, si el Obispo es acogido por vosotros, será señal evidente de que la Diócesis lo acoge. Juntad vuestros esfuerzos con los suyos, que podáis con él descubrir hoy vuestra propia vocación en la iglesia y en el mundo.
Y todos finalmente, demos gracias a Dios, porque somos una diócesis, tenemos nuestro Pastor, y podemos continuar el proceso creciente de nuestra misión en el mundo.
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