1. Abro el corazón a Dios.
Puede servir la
repetición de alguna oración breve:
"Gracias Señor porque estás siempre a mi lado",
"Ayúdame
a sentir tu cercanía",
"Quiero estar contigo, Jesús".
2. Lectura del Evangelio. Escucho.
san Lucas 22, 14-20
Llegada
la hora, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo:
-«He
deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer,
porque os digo que ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de
Dios.»
Y,
tomando una copa, pronunció la acción de gracias y dijo:
-«Tomad
esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del
froto de la vid, hasta que venga el reino de Dios.»
Y,
tomando pan' pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo:
-«Esto es
mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.»
Después
de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo:
-«Esta
copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.»
3.
Reflexiono y rezo. Respondo.
¿Qué me quieres decir,
Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?
El
jueves siguiente a Pentecostés celebramos la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno
Sacerdote. Jesús inaugura un estilo de sacerdocio nuevo:
-
Jesús no ofrece a Dios
la sangre de animales, ofrece su vida, su cuerpo y su sangre (esto es mi
cuerpo, esta es mi sangre).
-
En muchas religiones se
hacían sacrificios para que Dios sea propicio, para que “se porte bien” con el
pueblo, para que no se encienda su ira. Jesús ofrece su vida al Padre por amor,
porque ama al Padre, porque el Padre le ama a Él.
-
El sacerdocio ya no se
ejerce sólo en los templos y en las ceremonias religiosas. Cualquier lugar,
cualquier tiempo es bueno para ejercer el sacerdocio, ofreciendo a Dios y a los
hermanos sonrisas, tiempo, amor, cuidados... en definitiva la existencia
entera.
-
El sacerdocio ya no es
cosa de unos pocos. Por el Bautismo, todos tenemos el sacerdocio común, porque
todos estamos llamados a ser pan partido y vino derramado, a vivir nuestra vida
compartiéndola, dándola, ofreciéndola. Al servicio de este sacerdocio común
está el sacerdocio ministerial (los presbíteros o “curas”)
“Señor
gracias por ser el pan que sacia el hambre de felicidad
y el vino que alegra
el corazón de las personas.
Gracias por compartir tu vida con nosotros,
por enseñarnos el
camino de la felicidad.
Gracias por mostrarnos el rostro cariñoso del
Padre
y por darnos el
Espíritu de la generosidad y la entrega.
Gracias por los presbíteros de la Iglesia
porque nos ayudan a
todos a vivir nuestro sacerdocio común"
4. Termino la oración
Doy gracias a Dios por su compañía, por sus enseñanzas, por
su fuerza...
Le pido que me ayude a vivir de acuerdo con el Evangelio.
Me despido rezando el Padre Nuestro u otra oración.