1. Abro el corazón a Dios.
Puede servir la
repetición de alguna oración breve:
"Gracias Señor porque estás siempre a mi lado",
"Ayúdame
a sentir tu cercanía",
"Quiero estar contigo, Jesús".
2. Lectura del Evangelio. Escucho.
Llegó Jesús a Cafarnaún, y cuando el
sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su
enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad.
Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu
inmundo, y se puso a gritar: ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has
venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: El Santo de Dios.
Jesús lo increpó: Cállate y sal de él.
El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte
salió.
Todos se preguntaron estupefactos: ¿Qué es esto? Este enseñar con
autoridad es nuevo.
Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.
Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la
comarca entera de Galilea.
3.
Reflexiono y rezo. Respondo.
¿Qué me quieres decir,
Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida? Pueden ayudar
estas ideas:
Jesús acude a la sinagoga de Cafarnaún,
donde enseña. Jesús no es un letrado, ni un sacerdote que oficiaba en el
Templo, ni un rabino... Él no tiene poder. Sin embargo, tiene autoridad. El
poder brota del dinero, de la posición social, de la fama ganada con las armas
o las tretas, por eso no genera respeto, sino miedo.
Jesús produce respeto. ¿Qué te dice Dios? ¿Qué le dices?
Aparece un endemoniado, posiblemente poseído por alguna enfermedad
mental como la epilepsia o la esquizofrenia. Entonces Jesús realiza el primer milagro:
el poder de Dios reside en Jesús, por eso cura del dominio diabólico. Su
autoridad no reside sólo en las palabras, sino en los hechos. No se salvará
todo el que dice «Señor, Señor», sino quien cumple la voluntad de Dios. Obras
son amores y no buenas razones. La credibilidad de nuestra fe quedará
acreditada ante nuestros vecinos sólo si plantamos cara al diablo que atormenta
a los hombres con la fascinación consumista, el deseo de poder y aparentar y,
como no, con el abandono, la falta de medicamentos, la falta de desarrollo...
¡cuántos niños obligados a trabajar desde pequeños o incluso esclavizados
pedirán mañana la curación de sus enfermedades de huesos, de su hambre, de su
analfabetismo, de sus heridas de guerra!
Jesús increpa al mal: «cállate». Pero por boca del profeta Isaías
sigue preguntándose: «¿a quién enviaré, quién irá por
mí?». Pídele al Señor que te mueva siempre a la compasión ante el dolor de cada
persona, viva cerca o lejos. Alegra el corazón conmovido de Dios respondiendo:
«Aquí estoy, Señor, envíame a mí».
4. Termino la oración
Doy gracias a Dios por su compañía, por sus
enseñanzas, por su fuerza...
Le pido que me ayude a vivir de acuerdo con el Evangelio
Me despido rezando el Padre Nuestro u otra oración espontánea o ya hecha.