1. Abro el corazón a Dios.
Puede servir la
repetición de alguna oración breve:
"Gracias Señor porque estás siempre a mi lado",
"Ayúdame
a sentir tu cercanía",
"Quiero estar contigo, Jesús".
2. Lectura del Evangelio. Escucho.
En aquel tiempo, fue Jesús a su tierra en compañía de sus
discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la
multitud que lo oía se preguntaba asombrada: ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué
sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es
éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón ? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí ? Y desconfiaban de él.
Jesús les decía: No desprecian a un profeta más que en su tierra,
entre sus parientes y en su casa.
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos
imponiéndoles las manos.
Y se extrañó de su falta de fe.
Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
3.
Reflexiono y rezo. Respondo.
¿Qué me quieres decir,
Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida? Pueden ayudar
estas ideas:
Fue en su propio pueblo donde Jesús encontró mayor
incomprensión. Donde más le conocían. Posiblemente, también nosotros llevamos
ya mucho conociendo a Jesús, (bautizados desde pequeños
y con muchas misas oídas): ¿No habremos también nosotros
perdido la confianza en el Señor?
"Si conocieras el don de Dios", le dirá
un día a la Samaritana. Dios mío, permíteme descubrir la novedad de tu
persona, de tu Palabra. !Cómo podría cambiar mi vida
si descubriera su verdadero rostro!
Y no puedo hacer allí milagros. Lógico. Dios
necesita nuestro consentimiento para sacar adelante su relación de amistad con
nosotros. Es la bendita y terrible libertad humana. !Podemos
negarnos a Dios! !Ayúdanos a encontrarte, Señor!
4. Termino la oración
Doy gracias a Dios por su compañía, por sus
enseñanzas, por su fuerza...
Le pido que me ayude a vivir de acuerdo con el Evangelio
Me despido rezando el Padre Nuestro u otra oración espontánea o ya hecha.