1. Abro el corazón a Dios.
Puede servir la
repetición de alguna oración breve:
"Gracias Señor porque estás siempre a mi lado",
"Ayúdame
a sentir tu cercanía",
"Quiero estar contigo, Jesús".
2. Lectura del Evangelio. Escucho.
San Marcos 12, 13-17
En aquel
tiempo, mandaron a Jesús unos fariseos y partidarios de Herodes, para cazarlo
con una pregunta.
Se
acercaron y le dijeron: Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa
de nadie; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios
sinceramente.
¿Es
lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos? Jesús, viendo su
hipocresía, les replicó: ¿Por qué intentáis cogerme? Traedme un denario, que lo
vea.
Se lo
trajeron.
Y él les
preguntó: ¿De quién es esta cara y esta inscripción? Le contestaron: Del César.
Les
replicó: Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios a Dios.
Se quedaron admirados.
3. Reflexiono
y rezo. Respondo.
¿Qué me quieres decir,
Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?
Querían
cazar a Jesús y comienzan la conversación echándole piropos. ¡Que peligrosas
son las palabras cuando no responden a los sentimientos del corazón!
“Transforma
nuestro corazón de piedra en un corazón de carne”
“Señor,
cura y perdona nuestra mentira”
“Gracias
porque tú no has venido a cazarnos, sino a salvarnos”
Dice un autor: “Grave error: di al Cesar
lo que es de Dios y a Dios lo que es del Cesar”. Tenemos que reconocer que
muchas veces caemos en esta equivocación. Ofrecemos a las cosas y a las
personas el corazón entero, toda la vida. Y sin embargo a Dios le damos unas
migajas.
Sólo Dios merece nuestro corazón. En
el corazón está grabada su imagen mucho más profundamente que lo está la imagen
del César en un denario.
“Señor,
enséñanos a amarte sobre todas las cosas”
“No
dejes que ofrezcamos el corazón al dinero, a la fama...”
“Gracias
por enseñarnos el camino de la vida”
4.
Termino la oración
Doy gracias a Dios por su compañía, por sus enseñanzas, por
su fuerza...
Le pido que me ayude a vivir de acuerdo con el Evangelio.
Me despido rezando el Padre Nuestro u otra oración.