1. Abro el corazón a Dios.
Puede servir la
repetición de alguna oración breve:
"Gracias Señor porque estás siempre a mi lado",
"Ayúdame
a sentir tu cercanía",
"Quiero estar contigo, Jesús".
2. Lectura del Evangelio. Escucho.
En aquel
tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron
sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
Dichosos
los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos
los sufridos, porque ellos heredarán la Tierra.
Dichosos
los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos
los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos
los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos
los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos
los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los Hijos de Dios».
Dichosos
los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los
cielos.
Dichosos
vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por
mi causa.
Estad alegres y contentos, porque
vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron
a los profetas anteriores a vosotros.
3.
Reflexiono y rezo. Respondo.
¿Qué me quieres decir,
Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?
Dios quiere que seamos dichosos, bienaventurados, felices...
No podía ser de otra forma: es nuestro Padre y nos quiere con locura. Cada día
se acerca a ti para hacerte feliz, a través de la Iglesia, de cualquier
persona, en un momento de oración, de mil formas distintas
“Gracias,
Señor, porque buscas mi felicidad”
“A
veces te veo como un estorbo para ser feliz.
Transforma mi corazón y mis pensamientos”
Dios quiere nuestra felicidad, pero ¡cuidado! No
nos engañemos. Es una felicidad muy distinta de la que nos ofrece mundo. La
felicidad del mundo es incompatible con el esfuerzo, con la pobreza, con la
persecución... Esta felicidad huye cuando nos falta la salud, la riqueza... Es
demasiado pequeña y frágil para llenar nuestro corazón.
La felicidad de Dios pasa por el sufrimiento, por
la lucha por la justicia y por la paz, no se arruga ante la incomprensión, el
insulto, la calumnia... ni siquiera ante la enfermedad y la muerte.
La felicidad de Dios se construye sobre la fe, la
esperanza y el amor. Y es la única que realmente sacia nuestra sed de plenitud.
¿Qué felicidad buscas? ¿Qué te dice Dios? ¿Qué le
dices?
4.
Termino la oración
Doy gracias a Dios por su compañía, por sus enseñanzas, por
su fuerza...
Le pido que me ayude a vivir de acuerdo con el Evangelio.
Me despido rezando el Padre Nuestro u otra oración.