1. Abro el corazón a Dios.
Puede servir la
repetición de alguna oración breve:
"Gracias Señor porque estás siempre a mi lado",
"Ayúdame
a sentir tu cercanía",
"Quiero estar contigo, Jesús".
2. Lectura del Evangelio. Escucho.
San Mateo 6, 19-23
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No amontonéis tesoros en
la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren
boquetes y los roban.
Amontonad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se
los roen, ni ladrones que abran boquetes y roben.
Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo.
Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está
enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras.
Y si la única luz que tienes está
oscura, ¡cuánta será la oscuridad!
3.
Reflexiono y rezo. Respondo.
¿Qué me quieres decir,
Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?
Parece que esta generación da la espalda a
la fe, da la espalda al amor de Dios, parece que prefiere otras cartas: la
carta del dinero, la carta del placer por encima de todo, la carta de la
comodidad, la carta del acumular. Son cartas mediocres, sin duda, porque cuando
la vida saca las cartas del sufrimiento, la carta de la muerte, la carta de la
tristeza y el sinsentido ¿de qué sirve el dinero, la comodidad, el placer y el
egoísmo? No sirven de nada. Si sólo tenemos estas cartas, tarde o temprano,
perderemos la partida. Contra la carta de la muerte y del sufrimiento, sólo
puede vencer el as del amor y el comodín de la fe. No amontonéis tesoros en la tierra.
¿Qué te dice
Dios? ¿Qué le dices?
¿Cómo es nuestra mirada? ¿En qué nos fijamos
más? ¿Detrás de qué se nos van los ojos? La lámpara del cuerpo es el ojo.
“Señor, dame una mirada limpia”
4.
Termino la oración
Doy gracias a Dios por su compañía, por sus enseñanzas, por
su fuerza...
Le pido que me ayude a vivir de acuerdo con el Evangelio.
Me despido rezando el Padre Nuestro u otra oración.