1. Abro el corazón a Dios.
Puede servir la
repetición de alguna oración breve:
"Gracias Señor porque estás siempre a mi lado",
"Ayúdame
a sentir tu cercanía",
"Quiero estar contigo, Jesús".
2. Lectura del Evangelio. Escucho.
Mateo 17,
14-20
En aquel
tiempo se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: "Señor, ten
compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques: muchas veces se cae
en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido
capaces de curarlo. Jesús contestó: "¡Gente sin fe y perversa! ¿Hasta
cuándo os tendré que soportar? Traédmelo". Jesús increpó al demonio, y
salió; en aquel momento se curó el niño.
Los discípulos
se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: "¿Y por qué no pudimos
echarlo nosotros?" Les contestó: "Por vuestra poca
fe. Os aseguro que, si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a
aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible".
3.
Reflexiono y rezo. Respondo.
¿Qué me quieres decir,
Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?
Aquel hombre no se da por vencido. No pueden curar a su hijo los discípulos y se acerca a Jesús: “Ten compasión de mi hijo”. El Evangelio nos invita a rezar con constancia y con fe.
¿Qué te dice Dios? ¿Qué le dices?
Es evidente que la fe no sirve para cambiar montañas de lugar, pero es una fuerza maravillosa: cura desesperanzas y toda clase de dolencias, hace brotar en el desierto de la vida torrentes de felicidad, de ilusión, de entrega, de alegría; nos ayuda a superar pecados, a cortar amarras, a multiplicar los dones recibidos...
¿Qué maravillas hace la fe en tu vida? ¿Cómo la cuidas?
¿Qué te dice Dios? ¿Qué le dices?
4. Termino la oración
Doy gracias a Dios por su compañía, por sus
enseñanzas, por su fuerza...
Le pido que me ayude a vivir de acuerdo con el Evangelio
Me despido rezando el Padre Nuestro u otra oración espontánea o ya hecha.