LITURGIA DEL JUEVES SANTO Y HORA SANTA ANTE EL MONUMENTO

 

2 DE ABRIL DE 2015

EUCARISTÍA EN LA CENA DEL SEÑOR

 

R I T O S    I N I C I A L E S

 

ENTRADA SOLEMNE Y SE INCIENSA EL ALTAR.

 

CANTO DE ENTRADA.

Alrededor de tu mesa, venimos a recordar, alrededor de tu mesa, venimos a recordar, que tu palabra es camino, tu cuerpo fraternidad, que tu palabra es camino, tu cuerpo fraternidad.

 

Hemos venido a tu mesa a renovar el misterio de tu amor, con nuestras manos manchadas, arrepentidos buscamos tu perdón.

 

Juntos y a veces sin vernos, celebramos tu presencia sin sentir que se interrumpe el camino, si no vamos como hermanos hacia ti.

 

SALUDO  Y MONICIÓN.

 

ACTO PENITENCIAL.

 

GLORIA.

Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

 

ORACIÓN COLECTA.

 

LITURGIA DE LA PALABRA

 

PRIMERA LECTURA.

Lectura del libro del Éxodo. 12, 1-8. 11-14.

 

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: «Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año.  Decid a toda la asamblea de Israel: ``El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino de casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo.

Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito.

Lo guardaréis hasta el día catorce del mes, y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer.  Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido.

Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, comeréis panes sin fermentar y verduras amargas.

Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el paso del Señor.

Esta noche pasaré por todo el país de Egipto, dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de animales; y haré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor.

La sangre será vuestra señal en las casas donde estéis: cuando vea la sangre, pasaré de largo; no os tocará la plaga exterminadora, cuando yo pase hiriendo a Egipto.

Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta al Señor, ley perpetua para todas las generaciones.``»

                                     PALABRA DE DIOS

 

SALMO RESPONSORIAL.  Salmo 115.   

Antífona: El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo.

 

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre.

 

Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles.  Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava; rompiste mis cadenas.

 

Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo.

 

SEGUNDA LECTURA.

Lectura de la primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios. 11, 23-26.

 

Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomo pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros.  Haced esto en memoria mía.»

Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.»

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

                        PALABRA DE DIOS

 

ANTES DEL EVANGELIO.

Canto: Os doy un mandato nuevo, os doy un mandato nuevo: que os améis, que os améis como yo os he amado.

 

EVANGELIO.

Lectura del santo Evangelio según San Juan. 13, 1‑15.

 

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a sus discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mi?»

Jesús le replicó: «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.»

Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás.»

Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.»

Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»

Jesús le dijo: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio.  También vosotros estáis limpios, aunque no todos.»

Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios»

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:

«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?  Vosotros me llamáis ´´el Maestro`` y ´´el Señor`` y decís bien, porque lo soy.  Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

PALABRA  DEL SEÑOR

 

 

HOMILÍA.

 

LAVATORIO DE LOS PIES.

 

Canto:

Un mandamiento nuevo nos dio el Señor, que nos amáramos todos, como Él nos amó. Que nos amáramos todos, como Él nos amó.

 

Donde hay caridad y amor, Cristo está y está su Iglesia.

 

La señal de los cristianos, es amarse como hermanos.

 

Dios perdona nuestras culpas, y a su mesa nos convida.

 

Perdonemos al hermano, como Cristo nos perdona.

 

Lo que hacemos al hermano, a Dios mismo se lo hacemos.

 

Acercaos, hermanos todos, que es Dios mismo quien invita.

 

Quien te come y no te ama, a sí mismo se condena.

 

El que no ama a sus hermanos, no se acerque a este convite.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES.

 

LITURGIA EUCARÍSTICA

 

OFERTORIO.

Canto:

Este pan y vino, Señor, se transformarán en tu cuerpo y sangre, Señor, en nuestro manjar.

 

Lo que sembré con mi dolor, lo que pedí en mi oración, hoy son frutos, son ofrendas que presentamos a Dios.  

 

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS.

 

PREFACIO Y SANTO.

 

PLEGARIA EUCARÍSTICA.

 

RITO DE LA COMUNIÓN

 

PADRE NUESTRO.

 

RITO DE LA PAZ.

 

CORDERO DE DIOS.

 

COMUNIÓN.

Canto:

Como el Padre me amó, yo os he amado. Permaneced en mi amor. Permaneced en mi amor.

 

Si guardáis mis palabras y como hermanos os amáis, compartiréis con alegría, el don de la fraternidad.  Si os ponéis en camino, sirviendo siempre la verdad, frutos daréis en abundancia, mi amor se manifestará.

 

No veréis amor tan grande, como aquél que yo os mostré.  Yo doy la vida por vosotros, amad como yo os amé.   Si hacéis lo que yo os mando y os queréis de corazón, compartiréis mi pleno gozo, de amar como Él me amó.

 

Canto:

Donde hay caridad y amor, allí está el Señor, allí está el Señor.

 

Una sala y una mesa, una copa, vino y pan, los hermanos compartiendo en amor y en unidad.  Nos reúne la presencia y el recuerdo del Señor, celebramos su memoria y la entrega de su amor.

 

Invitados a la mesa del banquete del Señor, recordamos su mandato de vivir en el amor.  Comulgamos en el Cuerpo y en la Sangre que él nos da, y también en el hermano si lo amamos de verdad.

 

Este pan que da la vida y este cáliz de salud nos reúne a los hermanos en el nombre de Jesús.  Anunciamos su memoria, celebramos su pasión, el misterio de su muerte y de su resurrección.

 

Canto:

Antes de ser llevado a la muerte, viendo Jesús su hora llegar, manifestó su amor a los hombres como no hiciera nadie jamás.

 

Toma en sus manos pan y les dice: “Esto es mi cuerpo, todos comed”.  Y levantó la copa de vino: “Esta es mi sangre que os doy a beber”.

 

Cuerpo bendito, que se reparte por mil caminos, hecho manjar; buscas a todos para sanarlos, tú le devuelves al hombre la paz.

 

“El que se precie de ser mi amigo, siga mi ejemplo, viva mi amor, salga al encuentro de mis hermanos, dando la vida lo mismo que yo”.

 

Cuerpo de Cristo, Cuerpo entregado, muerto en la Cruz por nuestra maldad, grano de trigo resucitado, germen de vida de la Humanidad.

 

ORACIÓN.

 

TRASLADO DEL SANTÍSIMO AL MONUMENTO.

Pange, lingua, gloriosi Corporis mystérium, Sanguinísque pretiósi, quem in mundi prétium  fructus ventris generósi Rex ef-fudit gentium. 

 

PROCESIÓN

Cantemos al amor de los amores, cantemos al Señor, Dios está aquí, venid adoradores adoremos, a Cristo redentor.  Gloria a Cristo Jesús, cielos y tierra, bendecid al Señor.  Honor y gloria a Tí, Rey de la gloria, amor por siempre a Tí, Dios del amor.

 

Canto:

Quédate, Señor, con nosotros aquí, quédate, Señor, quédate: anochece sin ti, no te alejes.  Quédate, Señor, quédate.

 

RESERVA.

Tantum ergo sacraméntum venerémur cérnui, et antiquum documéntum novo cedat rítui;  praestet fides suppleméntum, sénsuum deféctui. Genitóri, Genitóque laus et jubilátio, salus, honor, virtus quoque sit et benedíctio; procedénti ab utróque compar sit laudátio. Amén. Amén.

 

HORA SANTA ANTE EL MONUMENTO

 

CANTO INICIAL.

No adoréis a nadie, a nadie, más que a Él. No adoréis a nadie, a nadie, más que a Él.   No adoréis a nadie, a nadie más.  No adoréis a nadie, a nadie más. No adoréis a nadie, a nadie más que a Él.

 

ESTACION MENOR

Sea por siempre bendito y alabado el Santísimo Sacramento del altar.  (Comienzo y final)

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Queremos estar con Jesús en estos momentos de soledad y oración. Volveremos a recordar sus palabras y sus gestos, que no se nos olviden, que sean luz y vida para nosotros. Nos importa estar cerca del Señor, escucharle y comulgar con él. Queremos adentrarnos en el misterio de su amor y de su dolor. No lo agotaremos, porque es misterio y porque se prolonga hasta el fin.

 

Todos:

Aquí no hace frío, hace calor, porque está Cristo.

Aquí no es de noche, es de día, porque está Cristo.

Aquí no hay desesperación, hay esperanza, porque está Cristo.

Aquí no hay violencia, hay paz, porque está Cristo.

Aquí no hay división, hay comunión, porque está Cristo.

 

Oración

Sentimos, Señor, tu presencia amistosa y resucitada. Gracias por quedarte con nosotros. Nos miras con amor inmerecido, un amor que nos limpia y nos recrea y enciendes nuestro corazón con tu palabra. Gracias, Señor, por tu amor y tu palabra. ¡Quédate siempre con nosotros!

 

Canto

Quédate junto a nosotros que la tarde está cayendo, pues sin ti a nuestro lado nada hay justo, nada hay bueno.

 

Caminamos solos por nuestro camino, cuando vemos a la vera un peregrino, nuestros ojos, ciegos de tanto penar, se nos llenan de vida, se nos llenan de paz.

 

Buen amigo, quédate a nuestro lado, pues el día, ya sin luces se ha quedado; con nosotros quédate para cenar y comparte mi mesa y comparte mi pan.

 

Tus palabras fueron la luz de mi espera, y nos diste una fe más verdadera; al sentarnos junto a ti para cenar, conocimos quién eras al partirnos el pan.

 

EL MANDAMIENTO DEL AMOR

Como yo os he amado” (Jn 15, 12). Antes de que Jesús nos diera el mandamiento del amor estaba la realidad de su amor. “Él nos amó primero” (Jn 4, 19), y de qué manera. Llegó hasta el extremo, hasta dar su vida por nosotros.

La primera verdad, la primera buena noticia que Jesús nos da, es que somos amados, que Dios nos ama. Entonces, si Dios nos ama, ya no hay nada que temer. “Ya nada ni nadie nos puede separar del amor de Dios manifestado en Cristo” (Rm 8, 35-39).

Vamos a dejarnos amar, vamos a sentir la fuerza y la ternura de su amor, y vamos a tratar de corresponder confiando en él, abandonándonos a él y amándole con todo nuestro corazón.

 

Todos:

Gracias, Señor, porque has querido lavarme los pies y el corazón;

porque me has perdonado, gracias, Señor;

porque me has curado, gracias, Señor;

porque me has sentado a tu mesa, gracias, Señor;

porque te has hecho para mí alimento y bebida, gracias, Señor;

porque me has hecho partícipe de tu misma vida, gracias, Señor;

porque me has regalado las joyas de tu Espíritu, gracias, Señor.

 

Amaos unos a otros

Dios nos ama para que nos amemos. El amor no es un tesoro que se guarda, sino una energía que se desarrolla y difunde, un espíritu que se cultiva y se contagia. El que es amado vivirá en el amor, porque “el amor saca amor”.

Nuestra vida entera está marcada por el amor de Jesucristo. Dios nos ama no tanto para que lo amemos, sino para que nos amemos, a la manera de Cristo:

 

* Un amor hecho servicio, la diaconía, disposición para lavar los pies de los hermanos, el amor hecho vida a través de nuestras manos.

* Un amor ungido en la misericordia, el perdón, la empatía, la compasión, la ternura, la ayuda entrañable, el amor de las entrañas.

* Un amor de amistad y cercanía, de integración y comunión, superando distancias y diferencias, prejuicios y rivalidades, un amor fiel, que permanece, una sola alma, el amor del corazón.

* Un amor marcada por la generosidad, que no retiene, que abre siempre la mano, que comparte cuanto tiene, que se despoja y se hace pobre, el amor de los panes y los dineros.

* Un amor de entrega, que da de sí mismo, de su tiempo y sus talentos, que se da a sí mismo, hasta el fin.

Silencio oracional

 

Todos: 

Tú, Cristo, fuente de todo amor, te hiciste pobre con los pobres, hermano de todos y consuelo de afligidos.

Tú, Cristo, fuente de todo amor, diste de comer a la humanidad hambrienta, amaste a los niños, te compadeciste de la viuda y socorriste al que te necesitaba.

Tú, Cristo, fuente de todo amor, enséñanos tu amor, tu manera de compartir, tu solidaridad, para que viéndote te sigamos amando, compartiendo, siendo solidarios.

Tú, Cristo, fuente de todo amor, entra en nuestra vida con todo tu amor, haz de nosotros instrumentos humildes para ayudar a nuestros hermanos.

Tú, Cristo, fuente de todo amor, estás en el parado, en el drogadicto, en el alcohólico, en el niño abandonado, en el explotado y oprimido, en el enfermo de sida y en todo marginado.

Tú, Cristo, fuente de todo amor, despierta en nosotros un corazón tan grande que sintamos los problemas de los hermanos como nuestros, y que nuestras manos sean tus manos que se tienden al pobre necesitado.

 

Canto:

Donde hay caridad y amor, allí está el Señor, allí está el Señor.

 

Una sala y una mesa, una copa, vino y pan, los hermanos compartiendo en amor y en unidad.  Nos reúne la presencia y el recuerdo del Señor, celebramos su memoria y la entrega de su amor.

 

Invitados a la mesa del banquete del Señor, recordamos su mandato de vivir en el amor.  Comulgamos en el Cuerpo y en la Sangre que él nos da, y también en el hermano si lo amamos de verdad.

 

Este pan que da la vida y este cáliz de salud nos reúne a los hermanos en el nombre de Jesús.  Anunciamos su memoria, celebramos su pasión, el misterio de su muerte y de su resurrección.

 

LA NOCHE DE GETSEMANÍ (Tríptico de la agonía)

Jesús asume y redime el sufrimiento humano.

Se hizo de noche en el alma de Jesús. Después de los momentos luminosos de la cena, todas sus lámparas se apagaron. Como si un diablo o muchos diablos hubieran ido preparando el terreno para librar con el Mesías un combate definitivo. Porque el maligno, sabemos, no se dio por vencido en el desierto.

“Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y comenzó a sentir pavor y angustia” (Mc 14, 33). Lo que siente Jesús en estos momentos es también misterio. Todas las tinieblas humanas entran en su alma. Es la hora del príncipe tenebroso. Lo que siente Jesús:

 

* Tristeza mortal. “Mi alma está triste hasta el punto de morir” (Mc 14, 34). Todas las depresiones del mundo dentro de Jesús. Claro que se puede morir de tristeza o quitarse la vida por tristeza. Esta tristeza es peor que cualquier enfermedad. Jesús tenía razones para semejante tristeza: los acontecimientos que se acercaban, la reacción de los discípulos, especialmente de Judas, el silencio del Padre… Otras veces no hay razones, pero es lo mismo. Jesús asume toda la tristeza humana, nuestras penas y nuestras lágrimas.

 

Pausa

 

* Angustia, miedo total. Difícil definir esa angustia de Jesús, la ansiedad, el no tener ningún punto de apoyo, sentir el alma “en carne viva”… Y el terror, porque sabe lo que le espera; el maligno se lo pintaría al vivo. Temblaba de angustia y de miedo Jesús, caído en tierra, “cayó en tierra” (Mc 14, 35). Asume así nuestros miedos – ¡tantos!- y nuestras angustias horrorosas.

 

Pausa

 

* Repugnancia ante la realidad que está viviendo, ante el cáliz que se le ofrece. “¡Aparta de mí este cáliz!” (Mc 14, 36). En esa copa están todos los dolores y las amarguras. ¡Qué asco tener que beber todo eso!

 

Pausa

 

* Desencanto y absurdo. No encontraba sentido a tanto sufrimiento y desgarro. ¿Por qué y para qué? ¿No podrían hacerse las cosas de otra manera? ¿Qué adelantas, Padre, con mi suerte y mi fracaso? Es el sinsentido, el absurdo de la existencia humana. Tantos trabajos y preocupaciones, ¿para qué? ¿Dónde quedan las ilusiones y esperanzas que vivía y predicaba? Desengaños, desencantos, el vacío de la vida.

 

Pausa

 

* Soledad. Ahí están tres discípulos muy cerca, pero que están muy lejos, no comprenden nada. La gente, la mayoría del pueblo, le va a dar la espalda. Pero lo que mata a Jesús es el abandono del Padre. ¿Es que no oye? ¿Es que no me quiere? ¿Es que no existe?

 

Silencio oracional

 

Canto:

¡Victoria! ¡Tú reinarás! ¡Oh cruz! ¡Tú nos salvarás!

 

El Verbo en ti clavado, muriendo, nos rescató.  De ti, madero santo, nos viene la redención.

 

Extiende por el mundo, tu Reino de salvación.  Oh Cruz, fecunda fuente, de vida y bendición.

 

Impere sobre el odio tu reino de caridad; alcancen las naciones el gozo de la unidad.

 

Aumenta en nuestras almas tu reino de santidad; el río de la gracia apague la iniquidad.

 

La gloria por los siglos, a Cristo, libertador.  Su cruz nos lleve al cielo, la tierra de promisión.

 

Los discípulos duermen.

La escena de Getsemaní ofrece otro contraste dramático, como el de la última cena. Mientras Jesús agoniza, los discípulos, aun los más íntimos, duermen. Pueden más en ellos el cansancio y el sueño que la situación y el ruego del amigo. Ni Pedro, ni Juan ni Santiago estuvieron a la altura de las circunstancias. ¡Qué bueno hubiera sido que acompañaran a Jesús, aunque no dijeran nada, pero que quisieran compartir y consolar! También por ellos mismos necesitaban fuertemente más vigilancia y oración. Pero son unos inconscientes.

Nos pasa a nosotros muchas veces. No sabemos o no somos capaces de estar cerca del hermano o del amigo que nos necesita. Nos pide una palabra, un gesto, una presencia comprensiva y solidaria, pero nosotros dormimos, vamos a lo nuestro.

 

Dormimos:

 

Silencio oracional

 

Todos:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Te grito, Dios, y tú estás distante.

Te grito, Dios, y no tienes palabras para conmigo.

Te grito de noche, y mi voz se pierde en el eco.

Te grito y no me haces caso, ¡Dios, Dios mío!

Me han dicho que a quien confía en ti Tú lo pones a salvo. Me han dicho que gritaban y tú los dejabas libres.

Me han dicho que en ti ponían su confianza y que nunca los defraudaste.

¡No sé nada de eso!, ahora no entiendo de confianza.

Sólo sé gritar: Dios mío, y quedarme a solas en un grito…

Tú me llamaste a la vida, me guardaste entre tus manos.

Tú eres mi Dios, aunque nada sienta.

No te quedes lejos, Dios mío, que el peligro está cerca y nadie me socorre…

Me siento apretado contra el polvo de la muerte.

Me veo despojado, desnudo, sin fuerzas.

Soy como un payaso de quien todos se ríen.

Tú, Señor, fuerza mía, no te quedes lejos.

Ven corriendo a auxiliarme.

Mira mi vida, mi única vida y sálvala.

Aunque no te veo, aunque me siento abandonado, aunque me encuentro solo en la prueba, aunque no tengo fuerzas para resistir, aunque la tentación se hace dura en mis carnes, tú seguirás siendo mi Dios en quien confío.

Yo seré como un niño abandonado en los brazos de su madre.

 Y diré a las gentes que tú eres misericordia para este pobre desgraciado, que tú eres compasión para mi vida rota, que tú eres mi salvador en la oscuridad de la noche.

Soy un desvalido y espero comer tu don hasta saciarme.

 Te alabo, aunque no veo tu rostro.

 

Canto:

Danos un corazón, grande para amar; danos un corazón, fuerte para luchar.

 

Hombres nuevos creadores de la historia, constructores de nueva humanidad, hombres nuevos que viven la existencia, como riesgo de un largo caminar.

 

Hombres nuevos luchando en esperanza, caminantes sedientos de verdad.  Hombres nuevos sin frenos ni cadenas, hombres libres que exigen libertad.

 

Hombres nuevos amando sin fronteras, por encima de razas y lugar, hombres nuevos al lado de los pobres, compartiendo con ellos techo y pan.

 

El ángel del consuelo.

Cristo luchó agónicamente sintiendo a fondo la tentación. Como en el desierto, su arma victoriosa fue la oración. Durante las horas de lucha repetía machaconamente: ¡Abba! ¡Abba! Sólo el pronunciar esta palabra le hacía bien. Abba, si es posible… Se podría buscar otra manera más humana de salvar al mundo. O se podría quizá esperar un poco. Si no he hecho más que empezar. Los discípulos están muy inmaduros. Podría darse algún otro signo más convincente de que Tú estás conmigo. “Pase de mí este cáliz”, o endúlzalo un tiempo, que yo vea la necesidad de beberlo y el fruto que va a producir. Abba, vamos a negociar este tema.

“Pero no lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú” (Mc 14, 36). Perdona, Padre, no hagas caso de lo que te digo. Tu voluntad sobre la mía. Siempre encontramos razones para hacer lo que queremos, buscamos justificaciones de nuestros deseos. No, lo que Tú quieras, Abba.

La batalla está vencida, y el Padre se hizo presente como luz y como fuerza. Las tinieblas huyeron del alma de Jesús. El mal estaba vencido, el sufrimiento estaba redimido. Por muy negra que sea la situación, siempre es posible abrirse a la esperanza. “Entonces se le apareció un ángel venido del cielo que lo confortaba” (Lc 22, 43)

Jesús se hizo tan débil que necesitó el consuelo de un ángel. Le haría ver que no estaba solo; que el Padre lo amaba, si fuera posible, más; que era necesaria esta muerte tan dolorosa, porque se realizaría la redención del mundo; le haría ver los frutos de la Redención. Entendería que ésta era la respuesta de Dios al sufrimiento humano, que así podría compadecer y compartir el sufrimiento de todos los hombres; y que todo el sufrimiento –el dolor, la tristeza, la agonía, el miedo, la repugnancia…- quedaba redimido y santificado; que el hombre ya no se avergonzaría de sufrir en su cuerpo o en su alma, porque no lo vería como castigo, sino como sacramento y como gracia.

No nos extrañemos. Todos necesitamos el ángel del consuelo. Pero todos podemos ser también ángeles del consuelo, el que comprende e ilumina, el que comparte y alivia. ¡Se necesitan muchos ángeles así!

 

Tenemos presentes a los que consideramos que están siendo ángeles del consuelo en nuestro mundo y entre nosotros.  

 

 Silencio oracional

 

Canto:

Tú eres el Dios que nos salva, la luz que nos ilumina, la mano que nos sostiene y el techo que nos cobija.  La mano que nos sostiene y el techo que nos cobija.

 

Te damos gracias, Señor.  Te damos gracias, Señor.  (Bis)

 

Te damos gracias, Señor, porque has depuesto la ira y has detenido ante el pueblo la mano que lo castiga.  Y has detenido ante el pueblo la mano que lo castiga.

 

Y sacaremos con gozo del manantial de la Vida las aguas que dan al hombre la fuerza que resucita.  Las aguas que dan al hombre la fuerza que resucita. 

 

Entonces proclamaremos: “¡Cantadle con alegría! ¡El nombre de Dios es grande! ¡Su caridad, infinita!  ¡El nombre de Dios es grande! ¡Su caridad, infinita!

 

¡Que alabe al Señor la tierra! Contadle sus maravillas ¡Qué grande, en medio del pueblo, el Dios que nos justifica!”  ¡Qué grande, en medio del pueblo, el Dios que nos justifica!”

 

ORACIÓN UNIVERSAL

Hagamos presente en nuestra oración la agonía del mundo, para que, unida a la de Cristo, sea redimida.

 

Por los agonizantes, que no se sientan solos. Canto: Señor escúchanos, Señor óyenos.

Por los enfermos crónicos, que no pierdan la paciencia. Señor…

Por los que están desesperanzados o deprimidos, que encuentren razones para la esperanza. Señor…

Por los que se sienten solos, que encuentren la cercanía que necesitan. Señor…

Por los que están encarcelados, que se les mire y trate con respeto. Señor…

Por los que sufren torturas, que sean liberados. Señor…

Por los desempleados, que encuentren trabajo. Señor…

Por los drogadictos, que puedan recuperarse. Señor…

Por los inmigrantes, que sean acogidos. Señor…

Por los que sufren el hambre y todo tipo de exclusión, que puedan sentarse a la mesa de la creación. Señor…

 

Padre nuestro…

 

Canto:

Cerca de Ti, Señor, yo quiero estar; tu grande eterno amor quiero gozar.  Llena mi pobre ser, limpia mi corazón, hazme tu rostro ver, en la aflicción.

 

Mi pobre corazón inquieto está, por esta vida voy buscando paz.  Más sólo tú, Señor, la paz me puedes dar; cerca de Ti, Señor, yo quiero estar.

 

Pasos inciertos doy, el sol se va, más si contigo estoy, no temo ya. Himnos de gratitud, alegre cantaré y fiel a Ti, Señor, siempre seré.

 

Día feliz veré, creyendo en Ti, en que yo habitaré, cerca de Ti.  Mi voz alabará, tu santo nombre allí y mi alma gozará, cerca de Ti.

 

Más cerca, oh Dios de Ti; más cerca sí, cuando la cruz, Señor, me lleve a Ti.  Si tiende al sol la flor, si el agua busca el mar, a Ti, mi sólo bien, he de buscar.

 

(Tomada del libro de Cáritas Cuaresma y Pascua 2015)